viernes, 9 de abril de 2021

Los hijos

 Los hijos nos dan muchas alegrías, motivos de orgullo y tantas cosas más, pero también nos dan preocupación, angustias, cóleras y decepciones. Seguramente, si ponemos todo en una balanza, lo positivo gane no por mucho. Por eso me pregunto siempre ¿vale la pena tener hijos?

Yo no tengo ninguna duda de que amo a mis hijas, las adoro y daría mi vida por ellas. Lo que me planteo es,  si después de saber cómo es el recorrido completo al criar a tus hijos, se te permitiera volver en el tiempo con todos los pro y los contra que significa la vida con hijos, y se te preguntara si los quisieras tener nuevamente, yo diría que no. Saber que puedo elegir no tener todas las preocupaciones y angustias que significa que un hijo se enferme, de privar tu propio bienestar por la incertidumbre de no saber si podrás seguir alimentándolos, de darles una buena educación, de darles todo lo que ellos se merecen y lo que un padre les quiera dar; yo elegiría no tener hijos. Dejar de tener uno mismo una buena vida, sabiendo que nadie depende de mí, estoy seguro que sería una vida feliz la mía. Más cuando ya viste que a pesar de todo el esfuerzo, sacrificio y privaciones personales, no te lo reconocen y más bien te lo echan en cara y te reclaman que no les diste todo lo que ellos querían, diría gracias, no quiero hijos. 

De ésta manera no tendría ningún sentimiento de culpa, porque realmente yo sí hubiera querido darles todo a montones. Lo único a montones que les he podido dar es mi amor, pero para ellos no es suficiente al parecer. Y digo al parecer, porque si fuera así, igual no te lo hacen saber, más bien te generan más culpa. 

Y voy más allá. Si mis padres hubieran podido también elegir tener hijos o no, sería yo el ser más feliz del mundo. Pero... ¿de qué mundo?

domingo, 30 de junio de 2013

El judío errante?

Era una noche muy oscura cerca de las doce cuando veo en una calle desierta a lo lejos un bulto negro que iba tomando forma conforme me acercaba con las luces del auto; era un hombre barbudo, alto, envuelto en un sobretodo negro y con unas gafas de montura negra con un solo lente negro, que levantó el brazo en señal de pare. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pero en vez de acelerar, frené, como si mi curiosidad fuese más fuerte que el miedo. El hombre subió al auto sin decir nada y yo sorprendido tratándome de darme valor pregunté a dónde iba. Siga de frente, me dijo en un tono gutural. Cuando la calle unas cuantas cuadras después se acabó en una intersección, detuve el auto y sacando más valor le dije que no seguiría si no me decía su destino final. Por favor siga por la izquierda y luego a la derecha, no se preocupe que le voy a pagar, me dijo por toda respuesta. Convencido por algo sobrenatural, reanudé la marcha, y al ver que la nueva calle no terminaba, me sobrevino un instante de lucidez y paré violentamente el carro y bajé gritándole que saliera inmediatamente del auto, que ya no lo llevaría a ningún lado. Dí la vuelta hasta su puerta y la abrí conminándolo a bajar. Me miró y luego alzó una bolsa negra que llevaba consigo, la puso sobre sus piernas y comenzó a desatar el nudo que tenia ésta, abrió la bolsa y dentro había otra bolsa anudada, la cual desató también y apareció otra más y otra y otra. Yo petrificado, lo miraba cómo desataba una y otra bolsa, hasta que de la última sacó unos billetes, desenvolvió uno y me lo alcanzó estirando la mano. Como un autómata lo recibí examinándolo si era de verdad, mientras el cerraba y anudaba cada una de sus bolsas plásticas negras. Hecho ésto, salió lentamente del vehículo y sin mirarme se alejó con paso largo pero pausado.
No podía creer todo lo sucedido, subí a mi auto y seguí trabajando sin dejar de pensar qué fue todo aquello. Hasta el día de hoy no lo sé.