Los hijos nos dan muchas alegrías, motivos de orgullo y tantas cosas más, pero también nos dan preocupación, angustias, cóleras y decepciones. Seguramente, si ponemos todo en una balanza, lo positivo gane no por mucho. Por eso me pregunto siempre ¿vale la pena tener hijos?
Yo no tengo ninguna duda de que amo a mis hijas, las adoro y daría mi vida por ellas. Lo que me planteo es, si después de saber cómo es el recorrido completo al criar a tus hijos, se te permitiera volver en el tiempo con todos los pro y los contra que significa la vida con hijos, y se te preguntara si los quisieras tener nuevamente, yo diría que no. Saber que puedo elegir no tener todas las preocupaciones y angustias que significa que un hijo se enferme, de privar tu propio bienestar por la incertidumbre de no saber si podrás seguir alimentándolos, de darles una buena educación, de darles todo lo que ellos se merecen y lo que un padre les quiera dar; yo elegiría no tener hijos. Dejar de tener uno mismo una buena vida, sabiendo que nadie depende de mí, estoy seguro que sería una vida feliz la mía. Más cuando ya viste que a pesar de todo el esfuerzo, sacrificio y privaciones personales, no te lo reconocen y más bien te lo echan en cara y te reclaman que no les diste todo lo que ellos querían, diría gracias, no quiero hijos.
De ésta manera no tendría ningún sentimiento de culpa, porque realmente yo sí hubiera querido darles todo a montones. Lo único a montones que les he podido dar es mi amor, pero para ellos no es suficiente al parecer. Y digo al parecer, porque si fuera así, igual no te lo hacen saber, más bien te generan más culpa.
Y voy más allá. Si mis padres hubieran podido también elegir tener hijos o no, sería yo el ser más feliz del mundo. Pero... ¿de qué mundo?
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